La tarde del viernes 7 de noviembre se sintió como una pequeña revolución de sonido en la Sala López de Zaragoza: Puño Dragón llenó la sala en su tercera visita a la capital mañana en menos de un año.  Y lo hizo con una intensidad que pocas bandas emergentes consiguen. El público respondió con devoción y la banda respondió con entrega y calidad musical sobresaliente: guitarras que cortan, baterías que empujan y voces que duelen porque están vivas.

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El concierto arrancó con una intro instrumental elegante y envolvente, un preludio perfecto antes de que la voz rasgada de Rafa Tarsicio y la otra punta vocal de Germán Mingote, dualidad que el grupo considera sello de identidad, entraran en juego. Esa alternancia entre ambas voces añade dinamismo al repertorio y permite que cada tema encuentre su tono justo: uno más firme, otro más quebrado, juntos siempre sólidos. A veces alternan versos, otras se superponen, y otras uno sostiene lo emocional mientras el otro empuja lo visceral convirtiendo cada canción en un espacio vivo. Y esto, en directo, es una maravilla.

Juegos Violentos sobre el escenario

La banda asturiana, con su segundo álbum como centro de la noche, demostró que en directo no solo funcionan; brillan.

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Comenzaron con “No es un barranco”, un tema que en el disco aparece como declaración de intenciones (“no es un barranco, es un camino”). En vivo, la idea se sentía y se vivía: la banda lo franqueó con seguridad y el público lo cantó como si fuera propio. Acto seguido, “Bailen” y “Súbeme!” fueron gasolina pura: riffs afilados, coros que estallaban, y una energía que subía sin esperar permiso. Rafa apareció con la camiseta roja del Real Zaragoza, un gesto que desató ovaciones. No fue pose. Fue cercanía. Y eso se nota.

Con “Juegos Violentos”, el tema titular, llegó el momento de catarsis colectiva. Las guitarras se enroscaban, la batería apretaba y las voces gritaban lo que muchas veces se queda callado: “yo ya no puedo / yo ya no quiero”. Fue el primer clímax real de la noche.

La secuencia siguió con “Necesito una pala” y “El Diablo de tu corazón”, donde la banda mostró su mezcla perfecta entre dramatismo y vacileo: letras oscuras, sí, pero con un gancho pop que hace que todos lo canten. Entre canción y canción se escuchó: “Qué puto gusto ver la sala así.” Y lo sentían. El público también.

En “Fantasmas”, vuelven a pisar el acelerador y a subir la temperatura de la sala. Llega el turno de “Masai Mara”, que trae consigo esa textura casi psicodélica para después pasar a la preciosa “Carcaj” y al funk elegante de “Ya te llamaremos”. Vuelven a evidenciar que no temen salirse del guion. Funk, soul e influencias varias que aparecerían a lo largo del setlist sin artificios.

Uno de los momentos más especiales llegó con “Agua de los Cocos”, interpretada en directo por primera vez. Rafa lo anunció entre nervioso y desafiante:
“Si sale bien, somos buenísimos. Si sale mal, es culpa vuestra por presionar.” Una mezcla de ironía y vulnerabilidad que define muy bien la esencia de Puño Dragón. La canción salió impecable. El público la abrazó. Y la frase de cierre quedó grabada: “Salimos vivos. A partir de aquí es todo facilísimo.”

De ahí en adelante, la noche avanzó con “Échame a mí la culpa”, “Ladrando a tu puerta” y “Emilia”, tema que llegó con esa confesión que resume el instante: “Qué rápido se pasa el tiempo cuando se pasa bien.”

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Puño Dragón: calidad musical y entrega total

Si algo quedó claro esta noche es que Puño Dragón no se apoyan solo en la intensidad. Su calidad musical en directo es brutal. Las voces, las guitarras, la batería, todo se escucha limpio pero con la chispa del riesgo. Las dos voces principales alternan y se superponen con naturalidad, cada instrumento encuentra su espacio y muestran un sonido compacto y pulido. No hay artificios que oculten la viveza del momento: se nota la banda bien rodada, conectada y lista para lo que venga.

Ya en la recta final, lanzaron “Vamos Vampiros!”  que marcó el momento en el que, según broma de la banda, sería el momento en el que salir del escenario para luego regresar y pasar a los bises, pero decidieron obviar ese teatro porque “es un coñazo”. La cercanía y la sinceridad son parte fundamental de su directo.

Luego vino “Mierda creo que te quiero”, donde invitaron al público a bajar al suelo para luego estallar. Para la despedida guardan un tridente infalible: “No estoy borracho” cover de los Rodriguez,  “Haré lo que pueda” uno de sus grandes hits y “Agua de mayo” con la que cierran la noche a puro golpe emocional. Y si algo es cierto es que las canciones de Puño Dragón golpean a otro nivel.

Puño Dragón no solo visitó Zaragoza: la conquistó. La energía fue directa, honesta y arrolladora. Como dicen ellos mismos “hacemos canciones tristes para cantarlas contentos”, y en directo, esa contradicción se convierte en celebración. Y sí, tremendas ganas de volver a verlos pronto.

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