Rubén Pozo firmó en Zaragoza un concierto memorable el pasado viernes 13 de febrero, conquistando a un público que agotó entradas y convirtió la noche en una celebración del rock más honesto.

La visita de Rubén Pozo al Rock & Blues formaba parte de su gira de salas para presentar 50town, un disco que está marcando una nueva etapa en su trayectoria y que, además, ya va por su tercera edición en vinilo. El primer Sold Out del artista en Zaragoza no pudo tener mejor ambiente: cercanía, complicidad y una sensación constante de estar viviendo algo auténtico.
La velada comenzó con un guiño cinematográfico: la sintonía de La Pantera Rosa sonando mientras Los Chicos de la Curva tomaban posiciones. La ovación fue inmediata cuando Rubén pisó el escenario y arrancó sin rodeos con la contundencia de “Efímero”. Sin apenas pausa, enlazó con “Estamos como queremos”, desatando la primera gran comunión colectiva de la noche. Desde ese momento quedó claro que el artista se encuentra en un momento especialmente dulce, cómodo, elegante y respaldado por una banda que potencia cada matiz de su propuesta. Todo un lujo poder escucharlos en una sala perfecta para crear ese ambiente tan íntimo.
Rubén Pozo y Zaragoza: rock con alma en estado puro
El repertorio fue un viaje equilibrado entre presente y pasado. “Pelos de punta” nos trasladó inevitablemente a los años de Pereza, manteniendo intacta esa actitud canalla que marcó una época. Con humor y cercanía, Pozo nos dio la bienvenida a bordo de “Aerolíneas 50town”, invitando al público a disfrutar de un vuelo sin frenos.

Las canciones del nuevo trabajo tuvieron un peso importante durante el concierto. “Fuera de quicio”, “Dispárame” (que brilló con un solo lleno de estilo) o “Cincuentown” confirmaron que estamos ante uno de sus discos más personales. Un álbum que, según explicó el propio artista, nació como un autorregalo creativo y que, paradójicamente, ha conectado especialmente bien con la gente cuando menos pensaba en el público.
En Zaragoza Rubén Pozo también presentó clásicos imprescindibles como “Rucu rucu” o el rock directo de “Tonto de tanto (r’n’r)”. Uno de los momentos más especiales llegó con “La chica de la curva”, con doble armónica incluida, que sirvió para presentar a la banda: Charly Bastard a la guitarra y coros, Ángel Herranz al bajo y Loza a la batería. Los Chicos de la Curva demostraron ser un grupo sólido, con actitud de vieja escuela y una química evidente con Rubén.
La intensidad continuó con la fuerza de “El puto amo”, siguiendo con la siempre irresistible “Grupis” y una “Margot” que volvió a poner la sala en éxtasis. Tras ese bloque energético, “Chavalita” ofreció un respiro más íntimo antes de encarar la recta final.
El regreso para los bises tuvo un componente emocional añadido. Pozo reivindicó la alegría de cantar con una canción que definió como “tipo Barrio Sésamo”, nacida de forma espontánea y convertida en imprescindible por petición popular. El mensaje era claro: cantar cura. Y la sala lo confirmó coreando con fuerza tanto ese tema como el clásico “Madrid”, convertido ya en himno generacional.

El broche llegó con un “T Rex” alargado gracias a la entrega del público. Y es que ninguno de los ahí presentes queríamos que terminara la noche. La telecaster de Pozo rugía mientras él se movía por el escenario con la seguridad de quien sabe que está viviendo un gran momento.
Rubén Pozo demostró en Zaragoza que el rock no necesita artificios cuando hay verdad. A sus cincuenta, se muestra imbatible, feliz y más convincente que nunca.
