La noche del sábado 10 de enero dejó una de esas imágenes que se quedan grabadas en la memoria reciente de la música en directo en Zaragoza. La Paloma aterrizaba en la Sala Oasis en una la primera fecha del año en su gira de salas, presentando por fin en directo Un golpe de suerte. Un concierto esperado, casi necesario, para quienes llevan tiempo siguiendo el ascenso constante de la banda madrileña. Y un formato de sala que potencia justo aquello que mejor define a La Paloma: honestidad, guitarras y una conexión real con el público.

Antes de que los madrileños tomaran el escenario, el talento local tuvo su merecido protagonismo. La banda emergente Multipla fue la encargada de abrir la noche una hora antes del plato fuerte. Tres jóvenes músicos defendiendo su propuesta con ilusión y sin artificios, demostrando que en Zaragoza sigue habiendo cantera con cosas que decir. Su último single, “Aunque me cueste la muerte”, sonó con fuerza y personalidad, mientras el público, aún reservando energías, respondió con respeto y atención. Una buena actuación para romper el hielo y preparar el ambiente.

La Paloma y una sala Oasis entregada
Poco a poco, la Sala Oasis fue llenándose hasta que, pasadas las 23:00, una sala casi al completo esperaba a La Paloma en Zaragoza. Con puntualidad británica, la banda madrileña pisó el escenario con paso firme y sin rodeos. El saludo llegó en forma de canción con “En mucho tiempo”, seguida de “Se lo quiero”, ambos temas pertenecientes a “Un golpe de suerte”, disco que están presentando en esta gira de salas 2025/26.
Desde el inicio, el público respondió con energía, aunque los primeros momentos estuvieron marcados por algunos problemas de sonido. Lejos de frenar el concierto, la banda supo capear la situación con naturalidad, manteniendo el pulso mientras todo se ajustaba. Entre canciones nuevas se van intercalando temas de trabajos anteriores como “No es una broma” mientras la energía de la banda va creciendo y conectando con el público. Llegó el turno de la luminosa “Si no me muevo”, el que fue el primer adelanto de su último LP. Sus guitarras ásperas a medio camino entre una nebulosa grunge y un pop afilado brillaron especialmente consiguiendo crear en la Oasis un paisaje onírico.

La puesta en escena de la banda es tan sencilla como efectiva. Las dos voces principales se sitúan al frente con guitarras y bajo mientras que la batería queda al fondo. Un aire indie-punk en su vestuario y cero distracciones visuales con una lectura clara: lo importante son las canciones y la sacudida emocional que provocan.
Zaragoza y La Paloma: guitarras, pogos y una sacudida emocional
Con el sonido ya solventado y la energía fluyendo en ambas direcciones, el concierto entró en su mejor momento. Temas como “Sigo aquí”, “Todo esto” y “Buen intento” fueron endureciendo el ambiente. Unas guitarras afilándose canción a canción y la certeza de estar asistiendo a algo honesto y sin filtros. El público con una energía rebosante se encargó de llenar la sala de pogos, brazos en alto y letras que se corearon con convicción. Y es que ir a un concierto de La Paloma es sumarte a ese viaje colectivo de emociones aceleradas, directas y con un punto de chulería en forma de canciones.

El tramo final fue una sucesión de momentos intensos. “Cosquilleo” devolvió a la sala a un terreno más crudo y físico, con el público entrando de lleno en el movimiento y los primeros pogos serios de la noche. Le siguen “Las cosas que me gustan” (que se sintió como un himno emocional), “Vuelta a casa”, “Sale el sol” y “Elegante”. Estas dos últimas con un sonido power pop con guitarras brillantes y ritmos firmes sosteniendo la canción sin perder intensidad en el directo. Continúan con “Mi hueco”, “Lo que yo quería” y “Quejas célebres” que terminó de encender a la sala. Una letra que se coreó de principio a fin y reforzó la sensación de descarga colectiva entre escenario y público y que ya no volvió a bajar.
Para el bis, La Paloma reservó artillería pesada. “Algo ha cambiado”, “La edad que tengo” con su célebre “odio aburrirme vaya donde vaya” (no será en un concierto de La Paloma, desde luego), le siguió su himno “Bravo Murillo” y para terminar un cierre apoteósico con “Palos”. El fin de fiesta llevó a los cantantes a mezclarse entre el público, con espontáneos a hombros y uno de los micros alzado sobre la marea humana. La sala, convertida en un macro-pogo, se unió al unísono para corear: “quiero que me vuelvas a explicar lo que ha pasado”. Y lo que pasó fue pura verdad sonora.

Desde la potencia y la emoción, en Zaragoza La Paloma dejó claro que las grandes canciones no necesitan artificios, solo verdad. Dejaron ver disco nuevo que potencia la producción y melodías pero sin perder espíritu, guitarras que miran al presente y una intensidad que hizo sentir que lo dieron todo. Una sacudida emocional de las buenas a base de guitarras marca de la casa.