Siloé en Baltimore Live Sala Marmarela 29-11-2025

Crónica SILOÉ en Baltimore Live. El pasado sábado, Alicante vivió una noche de esas que se cuentan con los ojos cerrados, como quien recita una anécdota que todavía vibra en la piel. La recientemente inaugurada Baltimore Live acogía a cientos de personas que buscaban indie emocional, conexión sin filtros y la sensación de formar parte de algo especial. Y vaya si lo consiguieron.
Antes incluso de sonar la primera nota de la banda vallisoletana Siloé, ya había mística en el ambiente. Porque si hay algo que define a este proyecto, es su capacidad de convertir cada concierto en ritual. A eso de las 21:00h, sin que nadie lo esperara —aunque ya todo el mundo lo esperaba—, Fito Robles arrancó el concierto como manda la tradición: subido en una tarima en mitad del público. No en el escenario, no bajo focos, sino a centímetros de la gente. Literalmente entre nosotros. Ese inicio es ya marca registrada, y el sábado volvió a demostrar que la magia no necesita micro, solo intención. Desde esa posición improvisada, la música empezó a crecer desde dentro hacia fuera, como si el primer acorde naciera directamente del pecho colectivo de la sala.

Marmarela
Hablando de la sala: íntima y casi familiar, Live Marmarela sorprendió precisamente por lo que muchas veces falta en los grandes recintos. Un espacio tan reducido que permite que el artista y el público se miren, se sientan y casi se rocen. Al ser tan pequeña, la conexión se vuelve inevitable: tú con el artista, y el artista contigo. La energía no viaja, simplemente existe ahí, compartida, a centímetros.
Aquí no hay pantallas gigantes ni fuegos artificiales, porque no hacen falta. Estiras la mano y prácticamente los tocas. Esa cercanía también juega a su favor: ellos cantan mirándonos a los ojos, y nosotros sentimos que cada palabra tiene destino directo.

Crónica SILOÉ en Baltimore Live
El setlist recorrió como un tobogán emocional la discografía de la banda: desde la intimidad poética de La Verdad hasta la catarsis colectiva de los nuevos temas como Campo Grande, donde literalmente no se escuchó al propio cantante porque la sala entera decidió hacerle el trabajo. Pero qué trabajo.
Hubo temas que pesaban como confesiones susurradas, con una interpretación casi teatral de Fito que te hace creer cada palabra que canta, y otros que explotaban como luz de bengala, sin pedir permiso. Ese equilibrio entre canción-abrazo y canción-grito es el superpoder de Siloé, y el sábado lo activaron sin piedad. Era imposible no dejárselo todo en cada estribillo.
Hubo un momento especialmente mágico —de esos que luego cuentas como si hubieras vivido un eclipse— cuando la banda bajó las revoluciones y el silencio se volvió tan poderoso como la música. Ese segundo donde solo respiras y entiendes por qué estás ahí. Y luego, claro, todo volvió a reventar. Como debe ser.
El concierto fue un recorrido emocional quirúrgicamente perfecto: de las que te dejan sin voz, con la sensibilidad expuesta y una sonrisa culpable que dice “volveré a hacerlo”. Pero el sábado hubo algo más: una sensación de exclusividad preciosa y consciente. La banda quiso regalar algunos temas que, según han anunciado, a partir de ahora solo interpretarán en directo, nunca más en plataformas digitales. Una declaración de cariño en forma de estrategia: dar ese privilegio únicamente a quienes les apoyan económicamente, a quienes compran la entrada, a quienes apostamos por el directo. Una forma preciosa de decir ‘lo vuestro hace posible lo nuestro’.

La gente
El público lo entendió como lo que era: un gracias gigante en formato acústico, una complicidad compartida que reforzaba aún más ese vínculo que ya parecía inquebrantable.
Y si el inicio fue especial, el final lo fue todavía más. Cuando sonó Todos los besos, Alicante dejó de ser ciudad para convertirse en un solo pulmón. Y entonces, otra vez, Fito se bajó del escenario —como quien no se quiere despedir desde la distancia—. Terminó el concierto exactamente donde empezó: en el centro del público. Rodeado de la gente que había pagado por estar ahí, cantando el último estribillo entre abrazos invisibles, móviles grabando sin invadir, sonrisas sin pedirlas y gargantas entregando lo que quedaba de voz. Ese momento culminó con él entonando “todos los besos que nunca te di…” entre los asistentes, convirtiendo un hit en una promesa cumplida: no hay barrera si no la pones.

Crónica SILOÉ en Baltimore Live
Siloé no cerró nada, solo abrió más ganas. De volver, de apoyar, de estar en ese privilegio que no se compra con dinero, sino con presencia. Porque la gente salió de la sala tarareando, abrazándose, comprando merch emocional que no se vende en tienda alguna, y con la certeza de haber vivido algo más que un concierto: una conversación íntima multitudinaria, una ceremonia indie-pop, un lugar seguro hecho canción.
Baltimore Live ha demostrado que lo íntimo no limita, amplifica. Y que Alicante, cuando quiere sentir un concierto, no va a tocar el cielo: lo trae abajo, a la tarima que se monta entre nosotros.
Gracias por tanto, perdón por tan poco —la voz ya la recuperamos el lunes
Un abrazo de @laurangulo21