En Historias de una luna rota, Aitor Aguilar se presenta al mundo con una confesión, una carta abierta, un diario musical en el que cada canción es una página arrancada del alma. Desde la primera escucha, se percibe que este trabajo es profundamente personal. Aguilar no se esconde. Al contrario, se expone en cada verso con una brutal honestidad envuelta con una mezcla de pop y rock. Te lo contamos todo, aquí, en Mi Rollo.

Grabado entre dos estudios de referencia como Blind Records y Moera Records, el álbum no solo destaca por la sinceridad de sus letras, sino también por la producción cuidada y la interpretación de cada músico involucrado. Son diez canciones que funcionan como relatos breves del día a día, tocando temas universales como el amor, el desamor, la nostalgia, la rabia o la ilusión. Hay una coherencia emocional que hace que, aunque cambien los ritmos o las texturas sonoras, el viaje sea siempre íntimo, como si Aitor hablase a un amigo.
El viaje emocional de Aitor Aguilar en “Historias de una luna rota”
El disco abre con “Cupido”, una declaración directa de vulnerabilidad y deseo. Con una energía contagiosa, habla de un amor que no llega, de ese anhelo que se repite en cada conversación y en cada viernes esperando que algo cambie. El estribillo, potente y lleno de imágenes cinematográficas, deja claro que Aitor no teme a los grandes sentimientos.
En “Dime Quién”, el tono baja y se vuelve introspectivo. Aquí aparece la duda, la necesidad de apoyo cuando todo tambalea. La canción es un grito por encontrar a alguien que se quede cuando las luces se apagan, una búsqueda sincera de refugio emocional.
“Los viernes” nos sitúa en ese espacio donde el desamor aún escuece. Las rutinas compartidas ahora duelen, y cada viernes se convierte en una excusa para mentirse a uno mismo con la esperanza de olvidar. Es una canción cruda y real sobre lo que queda después de una ruptura.
Con “Todo de ti”, Aitor se permite volver a la luz. Es una canción luminosa y divertida, donde cada detalle cotidiano cobra valor. El amor se descubre en las pequeñas cosas, y se nota el entusiasmo por una conexión que nace con fuerza y frescura.
“Londres” retoma la melancolía. Es una reflexión sobre una relación desequilibrada, entre el glamour superficial y la búsqueda sincera de algo más. Hay una crítica sutil al postureo y una tristeza elegante al reconocer que no se encajaba en ese mundo artificial.
En “Fuimos”, quizás una de las más emotivas del álbum, Aguilar canta al pasado con ternura y resignación. Es un homenaje a lo que fue, a lo que se vivió con intensidad pero que ya no volverá. El estribillo, repetitivo y nostálgico, tiene una fuerza brutal.
“Me da igual” es liberadora. A pesar del dolor del pasado, el mensaje es claro: toca quererse uno mismo. Hay rabia, sí, pero también una reafirmación valiente de seguir adelante, de no quedarse estancado en lo que pudo ser.
Con la colaboración de Ernest Prana, “Las canciones de Estopa” es pura complicidad. Una canción para celebrar el amor sencillo, el de las pequeñas escapadas, las noches largas y los recuerdos compartidos con música de fondo. Tiene una vibra callejera, cálida y desenfadada que la hace entrañable.

A lo largo de este disco, Aitor Aguilar construye un universo emocional honesto, sensible y cercano. Historias de una luna rota no pretende ser perfecto, pero sí verdadero. Y en esa verdad, conecta. Porque todos hemos tenido una luna rota alguna vez. Y escuchar a Aitor es como compartirla, como dejar que la música haga lo que mejor sabe hacer: acompañar.