La Sala Oasis de Zaragoza volvió a rendirse ante Rufus T. Firefly el pasado viernes 30 de enero. La banda de Aranjuez regresaba al emblemático recinto dentro de la gira de presentación de su último trabajo, Todas las cosas buenas, un disco que ya empieza a rodar con soltura y que confirma el gran momento creativo del grupo.
Puntuales a la cita, los seis músicos saltaron al escenario para abrir la velada precisamente con la canción que da nombre tanto al álbum como al tour. “Todas las cosas buenas” fue el arranque perfecto para sumergir al público en su particular universo sonoro, seguido de “Tsukamori” y “Pompeya”, un trío inicial que funcionó como carta de presentación de lo que estaba por venir.
Tras estos primeros temas, Víctor Cabezuelo tomó la palabra para dar la bienvenida a los asistentes y anunciar que el setlist sería un viaje por todas las etapas de Rufus T. Firefly, incluyendo canciones de discos anteriores. También dejó caer una noticia que despertó sonrisas y aplausos: este año la banda visitará Zaragoza en varias ocasiones, aunque sin concretar fechas. Un comienzo potente, con una sala entregada desde el primer minuto.
El concierto bajó ligeramente las revoluciones con “Camina a través del fuego”, creando uno de los primeros momentos más contenidos de la noche, para después volver a levantar vuelo con la base pop-techno de “El Coro del Amanecer”.
Como es habitual, Julia Martín-Maestro se llevó gran parte de las miradas gracias a la contundencia de su batería, auténtico motor de la banda. Pero esta vez sorprendió también al ponerse al frente del micrófono en “Ceci N’est Pas Une Pipe”, demostrando su versatilidad y el peso que tiene dentro del proyecto.
La conexión con el público era total. Cada canción fue recibida con entusiasmo, y la Sala Oasis vibró con cada cambio de ritmo y cada explosión de sonido. Y es que la banda es experta en desplegar esa mezcla tan característica de pop, psicodelia y electrónica que convierte sus directos en experiencias envolventes.
La vuelta a trabajos anteriores llegó con “El problemático Winston Smith”, presentada por Víctor como una canción para “super-fans”. Un tema que brilló especialmente en su final instrumental con un solo de guitarra eléctrica desatado por parte del frontman, capaz de hacer flotar a toda la sala.
Antes del siguiente bloque, la banda confesó que, contra todo pronóstico, hubo un disco y una canción en particular que llegó a muchas más personas de las que esperaban, marcando un antes y un después en su trayectoria. Hablaban, cómo no, de “Magnolia”, que sonó más acelerada e intensa y se sintió como uno de los momentos clave del concierto. Sin dar tregua, enlazaron con la poderosa “Lafayette”.
Uno de los instantes más especiales de la noche llegó cuando Víctor se colgó la guitarra acústica para interpretar “Lumbre”, en una versión desnuda del tema que cierra su último LP. Según explicó, esta canción resume a la perfección el espíritu de Todas las cosas buenas: la importancia de las cosas sencillas a las que muchas veces no damos el valor que merecen. El público respondió con un silencio sobrecogedor, escuchando cada palabra con respeto absoluto y que demuestra la conexión tan fuerte que la banda mantiene con sus seguidores.
Le siguió “Trueno azul”, una de las favoritas de su creador, inspirada en su viejo coche Hyundai, símbolo de las cosas que resisten al paso del tiempo. Un tema cargado de nostalgia y emoción que encajó a la perfección en esta parte más introspectiva del show.
El viaje sonoro continuó con “Dron sobrevolando Castilla-La Mancha”, con el grupo prácticamente en trance al ritmo de una electrónica ochentera envolvente. Las capas de sintetizadores y guitarras creaban una atmósfera hipnótica que envolvía toda la sala.
No podía faltar la canción de amor del grupo, la irreemplazable “Nebulosa Jade”. Durante este tema, Víctor se acercó al público, se sentó incluso al borde del escenario e interactuó con los asistentes, generando uno de los momentos más cercanos de la noche. Aprovechando el puente de la canción, presentó a cada uno de los miembros de la banda, reforzando esa sensación de familia musical que siempre transmiten en directo.
“El principio de todo” fue la última antes de los bises, y dejó uno de los momentos más virtuosos del concierto gracias a un brillante solo de batería a cargo de Julia Martín-Maestro.
Para el tramo final se reservaron una buena dosis de psicodelia y emoción con “Canción de paz”, “Sé dónde van los patos cuando se congela el lago” y la imprescindible “Río Wolf”, que puso el broche de oro a una noche mágica.
Delays, reverbs y sintetizadores envolvieron cada rincón de la Sala Oasis, en un concierto donde el ritmo y la construcción de atmósferas estuvieron cuidados al milímetro. Las transiciones entre canciones, los desarrollos progresivos y épicos, y esa mezcla perfecta entre vanguardia y clasicismo atemporal confirmaron, una vez más, la virtuosidad del grupo.
Seis músicos sobre el escenario, guitarras envolventes, sintetizadores orgánicos y una carga emocional inconfundible dieron forma a una actuación intensa y profundamente cuidada. Rufus T. Firefly no solo volvió a Zaragoza: reafirmó una conexión especial con su público.
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